La pregunta por la libertad del hombre, sus condiciones y sus implicaciones es perenne y ha estado presente desde los albores de la historia de la filosofía. En estas páginas, esbozamos un intento de aproximarnos a dicha pregunta desde las mentes de Immanuel Kant, el racionalista, Friedrich Nietzsche, el existencialista, y Baruch Spinoza, el determinista. Habrá que partir por entender y diferenciar lo que entienden por libertad, el rol de esta en la vida del hombre y bajo qué circunstancias o condiciones se manifiesta.
En Kant, la libertad es entendida en su concepción tradicional de libre albedrío, es decir, como capacidad de elegir, y es la condición para la moralidad. Es la característica fundamental del ser humano en cuanto sujeto agente de sus acciones y el presupuesto que hace posible toda cognición humana, incluso aceptando que el ser humano está sometido al determinismo causal mecanicista de la naturaleza (Guyer, 2000). Kant se opone al punto de vista compatibilista que establece que el sujeto es libre en tanto la causa de su acción esté dentro de él. Pensemos en un hombre que comete un robo: un compatibilista diría que el hombre fue libre pues nada fuera de él lo llevo a elegir robar. Kant, por el contrario, argumentaría que en tanto la decisión es un fenómeno natural ocurrido en el tiempo, habrá eventos preliminares naturales que serán la causa de esa decisión, explicado esto a partir categorías a priori de causa y efecto. El problema entonces no es si la causa de la decisión reside en el sujeto, pues dado que la experiencia necesariamente ocurre en el tiempo, siempre habrá causas en un tiempo previo, y por tanto las decisiones están necesariamente determinadas. Para salvar entonces la libertad de acción, Kant recurre a su idealismo trascendental: la causa de la acción debe ser una cosa en sí misma, fuera del sujeto, y fuera de toda temporalidad. Las decisiones son entonces efecto inmediato del yo noumenal, que es causalmente indeterminado (Rohlf, 2016).
La idea fundamental en la filosofía de Kant es la autonomía, que significa darse la ley a sí mismo. Esto se ve inicialmente en su Crítica de la razón pura, donde presenta una descripción constructivista de la experiencia, desde la cual es el sujeto el que construye al objeto, el que tiene noción a priori de las leyes que permiten la experiencia del mundo sensible. En otras palabras, es el entendimiento humano el que le otorga la estructura formal dentro de la cual experimentamos cualquier objeto que percibimos por lo sentidos. Sin embargo, esta noción de autonomía también es central es su filosofía moral, como lo muestra en su Crítica de la Razón Práctica. Sustenta en ella que hay un solo principio fundamental que guía la acción moral del hombre, y es la ley moral sintetizada en el imperativo categórico. Este no depende de las características particulares de la naturaleza humana, que es naturalmente y causalmente determinada, sino de la naturaleza de la razón misma. En ese sentido, el hombre puede darse la ley moral a sí mismo, autónomamente, de forma análoga en la que da las leyes de la naturaleza de forma a priori (Rohlf, 2016).
Resulta importante entender el vínculo entra la ley moral y la libertad. Kant propone que todo ser humano tiene consciencia y una firme convicción innata de que ser moralmente responsable de sus actos. Puede que se tengan diferentes nociones respecto a la fuente de dónde proviene la autoridad moral o a lo que mandaría en una determinada ocasión, e incluso puede que se viole el propio sentido de deber moral. Pero es indiscutible, dice Kant, que el ser humano se hace así mismo moralmente responsable. Es la certeza de nuestro conocimiento de la ley moral la que nos permite al sujeto a priori que es libre, pues si no fuera libre, no encontraría la ley moral en sí mismo, y como hemos mencionado, encontramos la ley moral en todos. El argumento de Kant concluye en argumentar que moralidad y libertad se implican recíprocamente, a lo cuál se le ha llamado teoría de la reciprocidad. En ese sentido, actuar moralmente es ejercitar la libertad y la única forma de ejercitar plenamente la libertad es actuar moralmente. En los Fundamentos para una Metafísica de las Costumbres, se observa el argumento de qué actuar con libertad en el sentido completo de ser autónomo, implica actuar bajo imperativos categóricos, es decir, actuar moralmente (Rohlf, 2016). Paul Guyer, en su libro Kant of Freedom, Law and Happiness, resumen estos argumento diciendo que “la libertad en sí misma es la sustancia para la cual la ley moral provee la forma”[1] (Guyer, 2000, pág. 12).
Antes de ver las nociones de Nietzsche sobre la libertad, habrá que hacer unas últimas anotaciones sobre el concepto de autonomía en Kant, pues alrededor de al concepto en que se fundamentan las diferencias sobre la libertad y moralidad entre ambos autores. En Kant, el ser autónomo es aquel cuya motivación es independiente de sus inclinaciones sensibles, que puede tener en la razón la motivación única para sus acciones, es decir, que puede hacer que la razón pura sea práctica. Esto es lo que significa ser un sujeto en primera instancia: utilizar la razón para tener conocimientos a priori que nos permiten constituir la experiencia sensible. La autonomía es pues el reconocimiento de nuestra independencia de la naturaleza, y la heteronomía es fallar es reconocerlo. El sujeto que actúa de forma moralmente incorrecta, pero que niega haber podido actuar de otra manera, está negando su estatus como sujeto, y se equipara a los objetos causalmente determinados (Sachs, 2008).
En la obra de Nietzsche pueden encontrarse hasta cuatro formas de entender la libertad: como libre albedrío, como superación de la teleología, como desprendimiento del fatum social, y como libertad biológica que se manifiesta como despliegue de poder (Martinez, 2007).
La primera forma queda de inmediato descartada es la del libre arbitrio, la de la capacidad de elegir. Esta concepción de libertad se manifiesta, por definición, en la realización del acto voluntario. Nietzsche elimina esta noción de libertad la negar la existencia de la voluntad como una facultad del alma, y le da significado más bien como la conclusión de un proceso corporal. La voluntad, tal como el yo, son para Nietzsche una síntesis conceptual, una palabra que resumen un proceso fisiológico complejo (Martinez, 2007). Rechaza la libertad en tanto facultad de un sujeto metafísico puro desvinculado de sus raíces biológicas (Richardson, 2009). Para Nietzsche, lo que llamamos libre arbitrio es más que el sentimiento de poder, que surge cuando nuestra fuerza vence a otras fuerzas que le quieren vencer (Martinez, 2007).
La segunda forma de entender la libertad implica vencer la visión teleológica del mundo, deshacerse del instinto causal que hace débil al hombre. Al abandonar el paradigma de un devenir guiado por causas finales, surge la libertad, de la cual el hombre ha de hacer cargo, de imponerle un sentido al devenir. No se trata entonces de ir descubrir cómo está ordenado el orden a seguir sino de ir ordenando un orden. Esto tiene el beneficio práctico de potenciar el sentimiento de libertad (Martinez, 2007).
La tercera forma establece que el requisito de la libertad de hombre es que logre su independencia de la sociedad, que consiga desprenderse del todo para reafirmarse como individuo. Dicho de otra forma, esto involucra que el hombre deje de ser función subordinada al grupo para hacer que sus propias funciones se subordinen a él. El hombre se hace persona cuando entiende que ya no desenvolverse según la costumbre y que tiene un valor propio que no puede comprarse, equiparase, ponderarse con y entre otros: el hombre se singulariza (Martinez, 2007). “Llegar a ser persona implica ser capaz de conducirse y hablar por sí mismo, ser capaz de superar la homogenización” (Becerra, 2006, pág. 295)
Por último, y como definición positiva de libertad y que de cierta forma envuelve y precede a las otras tres formas de entenderla, Nietzche la entiende como despliegue de poder. Este despliegue se da de acuerdo a la adquisición de cualidades orgánicas, corpóreas, que Nietzsche extrae de las investigaciones del anatomista Wilhem Roux, como la autorregulación, la asimilación en sí, la fuerza metálica, entre otras. Estas funciones, conforme se van perfeccionando, forman un hombre más completo que logra construir nuevos instintos reguladores que pasan ser inconscientes y parte de sí, y que eventualmente consigue elevar y le permiten transformar la cultura (Martinez, 2007). Dos frases del “loco de Turín” ayudan a aclarar esta concepción de libertad:
“El ansia más terrible y más fundamental del hombre, su impulso en busca de poder -a este impulso se le llama libertad” (Placeholder1)
“Aquel grado de resistencia que se debe superar constantemente para mantenerse arriba: es la medida de la libertad, sea para los individuos, sea para la sociedad, poniendo la libertad como un poder positivo, como voluntad de poder” (Placeholder2)
Habíamos menciona que entender las diferencias con Kant en torno a la libertad, involucra distinguir sus conceptos de autonomía. En Nietzsche, en contraste con Kant, iste un sujeto como tal, sino una organización de fuerzas contingentes organizadas por contingencias biológicas e históricas. Se entiende que esta organización que termina por constituir al sujeto, es impuesta externamente, y por tanto, kantianamente, es heterónoma. Por tanto, la subjetividad siempre parte de la heteronomía y la pregunta para Nietzsche es como volverse autónomos, como participar en la construcción de uno mismo como sujeto (Sachs, 2008). Nietzsche cree que el yo debe adquirirse, e incluso, crearse, y esa es una de las principales razones para considerarlo un existencialista (Richardson, 2009). El yo no debe entender como la ilusión de unidad sino más bien como una pluralidad que actúa como uno, determinada por muchas causas ajenas a nuestra conciencia subjetiva (Calvo, 2011). Se va logrando mayor autonomía conforme se tiene un mayor auto entendimiento, que consiste en lograr ratificar reflexivamente los impulsos y afectos naturales, e integrarlos unificadamente en el propio carácter. La heteronomía Nietzscheana consiste entonces es fallar en reconocer la constitución natural de la agencia, de la capacidad de actuar del hombre, en tener una auto interpretación cognitiva y afectiva deficiente (Sachs, 2008)
Kant y Nietzsche tienen en común en sus teorías de la autonomía, y por tanto de la libertad en tanto en ambos autores los dos conceptos están íntimamente relacionados, es que parten del reconocimiento de las condiciones de la subjetividad. En Kant, la subjetividad es una estructura a priori universal y necesario, y el sujeto es autónomo en tanto es un ser racional que no está a merced de sus inclinaciones naturales y por tanto es independiente del orden causal naturalmente determinado. En Nietzsche, el sujeto debe ser creado y transformado a partir del reconocimiento de la organización de los impulsos y afectos, del pasado personal y cultural, y por tanto la autonomía involucra que el individuo determine en que sujeto se quiere convertir. Su subjetividad es entendida desde una interpretación psicológica-natural-particular al individuo, y no en una visión racional-formal-universal del mismo (Sachs, 2008).
Se ha visto hasta ahora la formulación de Kant y de Nietzsche de los conceptos de libertad, sus implicaciones y sus condiciones, basadas estas en sus sendas teorías de la subjetividad. Veremos brevemente, para finalizar, el entendimiento particularmente distinto de Spinoza sobre el tema y los puntos de comparación con los anteriores autores.
El concepto de libertad de Spinoza se desprende directamente de su metafísica que nace de una concepción plenamente determinista del universo, en el que todo lo que sucede es consecuencia inevitable de las condiciones que lo preceden y todo lo que sucederá, sucederá necesariamente como consecuencia del estado actual de las cosas. En palabras de Schneewind, “nada puede ser de otro modo que como es; nada puede ocurrir o hacerse de otra manera que del modo que ha ocurrido o se ha hecho” (Schneewind, 2009, pág. 267). Es el determinismo el que elimina de inicio la posibilidad del libre albedrío, a diferencia de Nietzsche para quien el queda descartado al rechazar la voluntad como facultad y entenderla solo como síntesis conceptual de procesos fisiológicos.
Es importante entender también el concepto de Dios de Spinoza. A diferencia del Dios de la tradición judeocristiana, no crea el mundo espontáneamente por un acto de libre albedrío, siguiendo de esto que pudo haberlo no creado. Para Spinoza, Dios es la causa de todas las cosas porque todas las cosas se coligen causal y necesariamente de su naturaleza divina: “todas las cosas necesariamente se coligen de Dios con las misma necesidad con que se coligen de la naturaleza del triángulo que sus tres ángulos sean iguales a dos ángulos rectos” (Schneewind, 2009, pág. 268). Esto no significa que Dios haya creado el mundo sin libertad, pues no hay nada fuera de él que se lo impida, pero si involucra que Dios no crea el mundo por un acto de libre voluntad, sino porque no pudo no hacerlo. Aquí vemos cierta concordancia con la visión compatibilista que mencionamos, en tanto la libertad del Dios de Spinoza yace en que no hay fuerzas fuera de él que lo hagan actuar. Vemos también el determinismo que reconoce Kant (aunque en el surge del mecanicismo newtoniano y no de una metafísica panteísta), al que este logra escapar, para justificar la libertad como fundamento de la moral, con su Idealismo Trascendental, a través de la figura de yo noumenal no causado. En esta parte de la metafísica de Spinoza se ve ya un esbozo de la autonomía de Kant: mientras Dios crea el mundo porque se colige de su propia naturaleza y sin fuerzas externas que lo obliguen, el hombre es capaz de actuar por la ley moral que se da a sí mismo a través del imperativo categórico.
Para llegar al concepto de libertad de Spinoza, hay que pasar por su entendimiento de la moral. La moralidad es “el deseo de hacer bien que nace del hecho de vivir según la guía de la razón” (Schneewind, 2009, pág. 274). La ética no ofrece leyes o mandatos, pues las acciones no son en ellas mismas portadoras de bien o mal. Lo que les confiere su valor moral es “el estado del gente que hace que se lleven a cabo (Schneewind, 2009, pág. 275)”. Spinoza habla de los afectos del hombre (amor, cólera, odio, envidia, etc) y los divide en acciones y pasiones. Los afectos que son acciones tienen su origen en la naturaleza de uno mismo, y los que son pasiones, fuera de sí. Al referirse al estado del agente, habla del origen interno o externo que determina sus afectos al actuar.
La libertad para Spinoza no es más que el actuar del hombre que no es impulsado por sus pasiones, sino que es autónomo y activo, y nada de lo que le suceda resultará de su relación con cosas fuera de sí sino solamente por aquello determinado en su propia naturaleza (que hay que recordar, está necesariamente determinada). Es común utilizar el ejemplo de un árbol para ilustrar este concepto. Una semilla de manzano contiene en sí la naturaleza del manzano, que bajo las condiciones adecuadas se convertirá en un árbol de manzano. Supongamos que un jardín tiene dos mitades: una descuidada, con tierra infértil de pocos nutrientes y carencia de agua; la otra, todo lo contrario, contiene lo necesario para el cultivo. En cada lado se plantará una semilla de manzano. Para Spinoza, será libre solo el segundo, en tanto los factores externos no impedirán que logre desarrollarse de acuerdo a su propia naturaleza: no podrá ser olmo, ni naranjo, solo manzano.
Para finalizar esta exposición, opinaré que se pueden percibir ciertas concordancias entre la filosofía de Spinoza con la de Kant y con la de Nietzsche. Con el primero encuentra una relación más directa en cuanto al rol de la razón como principal regulador de la acción humana, la moral y la libertad como actuar independiente de las inclinaciones y la autonomía como facultad de auto gobierno. Quizás pueda trazarse una línea de influencia ideológica, ya sea por aceptación o por rechazo, de Spinoza a Malebranche, de Malebranche a Rousseau y de Rousseau a Kant, pero eso sería tema de otro ensayo.
En el caso de Nietzsche, aunque esto pueda resultar menos evidente, y hasta quizás podría negarse a partir de un estudio de ambos autores, percibo similitud en relación a la aceptación de la propia naturaleza como condición para habilitar la libertad. En el caso de Spinoza, como hemos visto, la libertad es actividad, en contra de la pasividad, es imponer lo interno contra lo externo, y reconocer la potencialidad del propio ser para poder alcanzarla y consumarla, reconociendo también que no se puede ser nada más que aquello que lo que se está determinado. En Nietzsche hay una exacerbación de lo natural, de lo corpóreo, de las funciones orgánicas, y su propia definición de libertad como voluntad de poder o potencia que va de la mano con el desarrollo de dichas funciones. En ambos casos se requiere auto conocimiento y auto entendimiento: en el primero, para aceptar los alcances de la propia potencia, y en el segundo, para lograr incorporar íntegramente las condiciones naturales y materiales a la acción constitutiva del propio ser que uno decide construir, valiéndose de su voluntad de potencia.
BIBLIOGRAFÍA
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[1] “Freedom itself is the substance for which the moral law provides the form”