A pesar de la basta bibliografía de Kant y sobre la filosofía de Kant, no se ha profundizado lo suficiente en cuánto a su perspectiva de la historia. De hecho, la creencia generalizada es que su filosofía es ahistórica y que se habría limitado a coincidir con el optimismo racional de la Ilustración. (Landgrebe, 1975). Esto podría ser entendido considerando que no hay muchos trabajos de Kant que puedan ser circunscritos rigurosamente dentro del tema de la historiografía, cuatro a saber:  “Ideas para una historia universal en clave cosmopolita” (1784), el “Probable inicio de la historia humana” (1786), el “Replanteamiento de la cuestión de si el género humano se halla en continuo progreso hacia lo mejor” (1797), y una respuesta con Herder, antiguo discípulo suyo, “Ideas para una filosofía de la historia de la humanidad en sentido cosmopolita (1785)”. Podría considerarse que estos textos son una especie de paréntesis en la sucesión de textos de carácter más formal y metódico. Sin embargo, “Ideas para una historia…” es publicado en 1784 luego de “Crítica de la Razón Pura” en 1781 y antes de “Crítica de la razón práctica” en 1788, por lo que razonable pensar que su visión de la historia no está desligada de su sistema filosófico central. De hecho, aquel texto menciona un razonamiento, que después sería más elaborado en “Crítica del Juicio”, sobre la necesidad de atribuir intencionalidad a la naturaleza para hacer posible que la razón haga uso de la experiencia (Rodríguez A., 1994).

La motivación de Kant por estudiar el tema de la historia parte del estado de la historiografía de su época, que estaba caracterizada por un método meramente descriptivo y pragmático de los acontecimientos históricos, principalmente los estatales, llegando como solamente a un nivel de análisis de la causalidad de los mismos. En la introducción de “Idea para una historia…” Kant muestra su desilusión sobre el estado de la humanidad, tal como se leería descrito por los historiadores contemporáneos, con estas palabras:

No puede uno librarse de cierta indignación al observar su actuación en la escena del gran teatro del mundo, pues, aun cuando aparezcan destellos de prudencia en algún que otro caso aislado, haciendo balance del conjunto se diría que todo ha sido urdido por una locura y una vanidad infantiles e incluso, con frecuencia, por una maldad y un afán destructivo asimismo pueriles; de suerte que, a fin de cuentas, no sabe uno qué idea debe hacerse sobre tan engreída especie” (Kant I. , 1784, pág. 18)

El interés de Kant por deslindar de la forma tradicional de ver la historia, ya habría estado presente desde antes de la publicación de este texto, en sus clases de antropología. Esto queda claro al ver el siguiente fragmento rescatado en “Lecciones de Antropología”[1], y que se estima que date de entre los años 1773 y 1788 (Rodríguez A., 1994):

“Para estimular la ambición de los príncipes —leemos allí— en orden a fomentar metas tan sublimes y a trabajar en pro del bienestar de todo el género humano, sería de gran utilidad una historia que fuera escrita desde un punto de vista cosmopolita. Semejante historia habría de adoptar como único criterio el de un mundo mejor y hacer dignas del recuerdo de la posteridad sólo aquellas acciones que conciernen a la prosperidad de todo el género humano” (Kant I. , 1831, pág. 374)

La conexión con “Idea para una historia…”queda completamente manifestada en las siguientes palabras de Kant en dicho texto:

“La Historia, que se ocupa de la narración de tales fenómenos, nos hace abrigar la esperanza de que, por muy profundamente ocultas que se hallen sus causas, acaso pueda descubrir al contemplar el juego de la libertad humana en bloque un curso regular de la misma, de tal modo que cuanto se presenta como enmarañado e irregular ante los ojos de los sujetos individuales pudiera ser interpretado al nivel de la especie como una evolución progresiva y continua, aunque lenta, de sus disposiciones originales”  (Kant I. , 1784, pág. 18)

Aquí ya queda explícita la búsqueda de Kant de un hilo conductor que  “muestre algo más que la estupidez y el absurdo humanos” (Landgrebe, 1975, pág. 156). Así lo propone en ll primer principio que propone Kant en “Idea para una Historia…”: todas las disposiciones naturales de una criatura están destinadas a desarrollarse alguna vez completamente y con arreglo a un fin” (Kant, 1970). Si esto ocurre en plantas y animales de forma automática e instintiva, en el hombre, por su capacidad racional ocurre conscientemente a través de la configuración de sí mismo. En virtud de sus disposiciones naturales (racionalidad), puede convertirse en aquello que estas le permiten convertirse. La capacidad de plantearse fines y accionar en línea con ellos está contenida en el concepto mismo de ser racional (Landgrebe, 1975)

Sin embargo, cada hombre actúa racionalmente según sus propios intereses y objetivos racionales individuales. Si pudiera pensarse por un lado que la historia tiene cierta marcha regular y por otro se reconociera que la consolidación de las acciones particulares de los hombres orientadas a sus propios fines no conlleva a la anarquía (que bien podría ser una consecuencia que se observa en los sistemas naturales guiado por la ley de la entropía, en la que tales sistemas conformado por millones de partículas individuales tienen siempre al desorden), entonces habría razones para pensar en una adecuación a los fines del devenir histórico en su totalidad, que no podría ser deseada por los hombres que son partes del todo. Habría que pensar en un ser por encima del todo que guíe el acontecer de la historia, pero tal pensamiento trasciende nuestra capacidad de entendimiento. Se tendría entonces que revisar si hay coherencia en admitir que por un lado, se observa una causalidad final en las partes, pero no en el todo. (Rodríguez A., 1994). ¿Cuál sería el rol entonces de la capacidad racional del hombre en el desarrollo de la historia?

La clave está en la naturaleza social del hombre. El hombre utiliza su capacidad racional primigeniamente para alcanzar sus propios fines y satisfacer su deseo de bienestar, pero para poder alcanzar ese bienestar requiere estar en paz con los otros hombres, para que ellos no interfieran en sus objetivos. Sin embargo, como cada hombre quiere hacer uso para sí de lo que encuentra en la naturaleza, necesariamente entrará en conflicto con sus prójimos, hallándose así en una paradoja en la que no puede más que soportar a los demás pero no puede prescindir de ellos. Esta es la insociable sociabilidad en describe Kant. La perenne condición de potencial lucha activa en el hombre el uso de la razón para salir del problema. Entenderá que la única forma de superar esta situación es lograr la conciliación con los demás hombres y para ello deberá renunciar a su deseo íntimo de disponer cómo quiere de los recursos naturaleza y le impondrá limitaciones a su libertad hasta el punto que sea compatible con la de otros. El efecto de esta decisión racional, individual y grupal, es la sumisión de todos a un sistema de leyes. Sin embargo, será un hombre el que deba estar a la cabeza de tal sistema de leyes para administrarlo. ¿Qué hombre será elegido para esta tarea si cada hombre tiene en sí, en tanto ser libre, la posibilidad de elegir por su propio beneficio y sin ningún señor por encima de él que lo límite? Esta es la tarea que Kant califica como la más difícil de toda y cuya solución perfecta no es posible.

Para poder desplegar con plenitud sus capacidades racionales el hombre necesita este estado de paz, pero lograr alcanzar ese ideal de sociedad humana pacífica es un trabajo intergeneracional largo, paulatino y empírico en tanto estará lleno de pruebas y errores. El segundo principio en “Ideas para una Historia…” dice que “en el hombre  aquellas disposiciones naturales que tienden al uso de su razón sólo deben desarrollarse por completo en la especie, mas no en el individuo” (Kant, 1970). Se requiere entonces que el pleno desarrollo de las capacidades del hombre sucedan en base a la condición de posibilidad que para ello constituye un estado de concordia del Estado del que el hombre forma parte y entre los Estados, a través de la conformación de una federación que imponga un orden jurídico interestatal. La visión del progreso histórico de Kant está muy ligada a su visión de la relaciones internacionales (Rauscher, 2016).

Esta exposición de la idea de un hilo conductor, está  sustentada en la idea de adecuación a los fines propios de las disposiciones naturales. Para comprenderlo mejor, podemos recurrir a su teoría de la facultad del juicio, que Kant introduciría luego en su “Crítica del Juicio”. La facultad del juicio permite pensar lo particular como contenido dentro de lo universal y tiene dos formas. La primera son los juicios determinantes, en los el universal está dado y lo particular se subsume de aquél. La segunda son los juicios reflexionantes, en los que solo se conoce lo particular y es necesario encontrar un universal,  En estos últimos se utiliza la noción de finalidad o conformidad con un fin para vincular la multiplicidad de fenómenos particulares, donde “la representación del efecto es condición de posibilidad del objeto” (Serrano G., 2004, pág. 184). Ya Aristóteles había utilizado esta teleología, pero entendida como una propiedad de la realidad en sí. La metafísica transcendental de Kant convierte esta teología en un recurso heurístico que será usada por el sujeto para otorgar un orden hipotético a una realidad compleja. (Rodríguez A., 1994). Es, otras palabras, la filosofía del “cómo si”: se estudia el devenir histórico como si tuviera una organización teleológica. Para mantener la unidad final del todo, de la que depende la unidad sistemática del uso de la razón, se tiene que hablar de un fin final, el fin de todo como una unidad, y para sustentarlo Kant propone el imperativo categórico. La formulación a priori del imperativo categórico prescinde de cualquier condicionamiento empírico o natura, e incluso hace posible obrar contra ellos.

El hombre es un ser racional imperfecto, en tanto tiene naturaleza empírica, y esta lo lleva a procurar su felicidad la cual busca condicionado por sus hábitos, inclinaciones y circunstancias. Al mismo tiempo se le presenta el deber moral a través del imperativo categórico que es incondicionado, lo que presenta la duda razonable de si las acciones guiadas por la ley moral necesariamente convergen con la conexión final de la cosas. De no ser el caso, y la historia del hombre deviene en el caos a pesar del cumplimiento de las demandas del deber moral, entonces la vida del hombre carece de un sentido trascendente. Por lo tanto, el hombre en tanto hombre no tiene más remedio que confiar con total necesidad en que los fines exigidos por el imperativo categórico y la conexión final de todas las cosas coinciden. A esta coincidencia Kant la llama sumo bien.

El sumo bien en Kant es la unión entre felicidad y virtud. En la tradición pre moderna ambos conceptos habían coincidido pero ya en la filosofía moderna se cuestiona la existencia de un orden a priori que haga converger la búsqueda del bien personal con la del bien común. Kant plantea que hay diferencia entre lo que exige la virtud y lo que demanda la felicidad, pues la primera siempre exigirá que se respete el deber incondicionado a los efectos que ello traiga en el proyecto de bienestar personal. En este sentido, la motivación por actuar moralmente no surge de que se vaya a conseguir la felicidad sino de que volverá uno en digno de ella, constituyéndose de esta forma el sujeto en un ser autónomo que reconoce y es reconocido por los otros como un ser responsable de su accionar. ¿Pero qué  pasaría si un individuo actúa así en una sociedad de individuos que en general no obedecen al deber moral? ¿Debería resignarse a ser una víctima fácil de aquellos? Es en este punto en que el problema de la convergencia de felicidad y virtud se convierte en un problema político. La realización del sumo bien requiere la acción política del hombre en la construcción de un orden civil que garantice principios de justicia (Serrano G., 2004).

En cuanto se entra al campo de la política, todo es contingencia. Nada asegura que se lleve realmente a cabo en máxima expresión el progreso humano hacia un estado civil de plena justicia. Kant encuentra que la única garantía racional de la realización del sumo bien es Dios, que tan solo un ser superior moral puede ser la condición que haga probable la concordancia entre la ley moral y los fines naturales. Esto se puede prestar a la crítica sobre la introducción de elementos teológicos en un esquema que hasta ahora había sido plenamente racional. Sin embargo, hay que entender que el Dios al que recurre Kant no es un fundamento de la moral sino una expresión de fe en la posibilidad de la realización del hombre como ser racional (Serrano G., 2004). Es decir, la fe en Dios es una certeza práctica  que el hombre requiere para actuar moralmente sin temor a tener una existencia absurda (Landgrebe, 1975).

El principio primero que había propuesto Kant para entender la historia era la adecuación a fines propios de las disposiciones naturaleza y para ello se tenía que recurrir al supuesto de un fin final de la naturaleza como un todo. La firme confianza, es decir esta certeza práctica que es Dios, posibilita la concepción el fin final y por tanto fundamenta el primer principio para la historia de Kant. Estos fundamentos son los fundamentos de la filosofía d la historia de Kant y están alineados a las ideas centrales de su esquema filosófico, por lo que quedaría sin sustento una crítica metodológica al proyecto kantiano de la historia (Landgrebe, 1975). Podría decirse que “con Kant la filosofía de la historia fue un apéndice de la filosofía moral; en realidad —prosigue—, no es mucho insinuar que no habría tratado en absoluto la historia si no fuera por las cuestiones morales que parecía plantear” (Walsh, 1978, pág. 146)

La filosofía de la historia de Kant es, como se ha visto, teleológica, y no en el sentido aristotélico de propiedad de las cosas en sí, sino más bien como recurso heurístico. Esta teleología usa como hilo conductor de la historia la idea de un fin final, que actúa como un certeza práctica y no como un principio regulativo del cuál puedan predicarse y u obtenerse conocimiento teóricos. Por tanto, no es posible obtener leyes para la historia a partir de esta idea de la forma en que se obtiene leyes de la naturaleza que traen consigo la causalidad de todas las cosas. El hilo conductor que propone Kant tiene un valor práctico pues sirve de guía para obrar desde la libertad de los individuos que van construyendo la historia. Es decir, es el hombre el que guiado por esta certeza práctica se ve motivado a actuar en la dirección a constituir tal idea en una realidad futura. La historia es la historia de la libertad y del intento accidentando de procurar su realización. Lo contrario sería aceptar la posibilidad de una existencia absurda para el hombre que, ejerciendo su capacidad racional y guiándose de la ley moral, observaría que sus acciones no son parte de la conversación de la humanidad sino posiblemente razón de su eventual destrucción.

Esta certeza práctica no puede no ser práctica, pues si fuera lo contrario, es decir, teórica, eso implicaría que el curso de la historia tiene una necesidad absoluta, y quedaría el hombre despojado de su libertad.  En tanto práctica, solo puede buscarse signos empíricos en los acontecimiento muestren que la factibilidad de la idea de que el devenir de la historia tiende hacia un estado de plena justicia. La revolución francesa fue en su momento uno de estos signos. El mismo Kant, a pesar de que las revoluciones no fueran admitidas por su moral en tanto nunca conllevarían a un estado realmente justo, reconoció que tal proceso revolucionario despertaba entusiasmo en los espectadores foráneos, emoción que para emanaba la “disposición del género humano” (Rodríguez A., 1994). Sin embargo, no importa cuántos acontecimientos cómo este puedan encontrarse que nos dieran esperanza de un rumbo ascendente de la historia hacia un reino de los fines, en tanto observaciones empírica no se puede obtener de ellas ninguna conclusión sobre el rumbo futuro. Siempre quedará abierta la posibilidad de que la acción humana elija un rumbo opuesto al del fin final.

Kant se muestra optimista en el género humano. De hecho se necesita de una “gran fe para poder tener esperanza en el futuro de la humanidad” (Serrano G., 2004, pág. 68). Pareciera a primera vista que Kant está en la línea del optimismo de los Ilustrados. Pero revisando con más detenimiento se podrá ver que el filósofo ya había marcado una distancia con aquellos en su texto “¿Qué es la Ilustración?, afirmado que su época no era ilustrada sino en proceso de ilustración (Rodríguez A., 1994). Su optimismo debe tener otro origen, y no es más que la ley moral misma, en la voz del imperativo categórico, que libre de todo condicionamiento e inmune a todo antagonismo que pueda comprobarse en los acontecimientos históricos, es eterna fuente de posibilidad del progreso hacia el sumo bien, y de motivación para el hombre para desearlo (Landgrebe, 1975).

¿En qué grado dependen estas ideas de la condición de libertad del hombre? Kant lo describe con estas palabras en la “Crítica de la Razón Pura”:

“Una constitución que promueva la mayor libertad humana de acuerdo con leyes que hagan que la libertad de cada uno sea compatible con la de los demás (no una constitución que promueva la felicidad, pues ésta se seguirá por sí sola), es como mínimo, una idea necesaria, que ha de servir de base, no sólo al proyecto de una constitución política, sino a todas las leyes […] Aunque esto no llegue a producirse nunca, la idea que presenta ese máximum como arquetipo es plenamente adecuada para aproximar progresivamente la constitución jurídica de los hombres a la mayor perfección posible. En efecto nadie puede ni debe determinar cuál es el grado supremo en el cual tiene que detenerse la humanidad, ni por tanto, cuál es la distancia que necesariamente separa la idea y su realización. Nadie puede ni debe hacerlo porque se trata precisamente de la libertad, la cual es capaz de franquear toda frontera predeterminada”. (Crítica de la razón pura, A316/B373

De este párrafo surgen varias ideas importantes. Por un lado, se reafirma lo que hemos ya dicho: el ideal de la historia es el alcance de una constitución que promueva la plenitud de la libertad del hombre en compatibilidad con todos los otros hombres. Así mismo, Kant expone que tal idea es necesaria en tanto posibilidad el proyecto histórico de mejora constitucional progresiva. Por último, asegura que no hay límite para el grado de progreso ni puede nadie definir uno, dado que la brecha entre lo que debe ser y lo que es siempre será extensa como extensa es la libertad, que no se deja restringir. En palabras de Ludwig Landgrebe: “solo cuando se considera al hombre como ser moral se puede fundamentar su pretensión de garantizar la libertad de todos en un estado cosmopolita u es posible establecer dicho estado como el fin final al que debe tenderse y como condición de la conservación de género humano”  (Landgrebe, 1975, pág. 67)”. Es la capacidad moral del hombre la que da sentido a su reclamo por constituir un estado civil en que la paz entre los hombres les permita desarrollar a plenitud sus disposiciones naturales. Y el hilo conductor de la historia, obtenido a priori y no empíricamente, es la motivación del hombre de procurar ese fin. Es la fuerza indómita de la libertad, que no es más que la fuerza incondicionada de la conciencia moral,  la que permite que, a pesar de la imperfección de la naturaleza empírica del ser humano y los antagonismos fácticos de su devenir, el hombre pueda abrirse paso desde su status quo hacia una mejorada configuración social.

Con evidencia en lo que se ha expuesto, ya puede precisarse cuál es el enfoque que debería tener la historiografía para Kant. Por un lado se ha mostrado que se requiere de un estado civil cosmopolita para el desarrollo total de las facultades del hombre. Así mismo, se ha visto que el hilo conductor de la historia es precisamente el que conduce hacia ese estado. El núcleo de la historiografía será pues el antagonismo entre el ser y el deber ser, manifestado a través de la acción política estatal. La filosofía de la historia de Kant desemboca en el reconocimiento de la primacía de la historia política (Landgrebe, 1975).

El hombre tiene una faceta moral y una política, pero ambas actividades están orientadas al fin final, a la constitución civil completamente justa. La moral motiva la conciencia de los individuos para la consecución de ese fin, pero con frecuencia no aclara cuáles deberían ser los medios para ello. Por el contrario, la política es la actividad de búsqueda de los medios más eficiente para llegar a ese fin, tiene una orientación teleológica. La moral plantea un ideal abstracto: el estado civil ético. La práctica política, regida por la prudencia, crea un estado de derecho como estadio intermedio y realizable en el mundo material. Moral y política son entonces plenamente compatibles a nivel teórico. En la práctica sin embargo, se ve que no es así. El egoísmo y la hostilidad de los hombres corrompen y hace de un estado de paz una realidad frágil. Su naturaleza social es la causa de la corrupción, pero debe ser su mecanismo de formación como agentes morales. El problema central de la historia política del hombre es lograr poner un límite a los peligros de la sociabilidad insociable y propiciar su rol como impulsadora del progreso. Esto se logra, en analogía con Smith, con un mecanismo de mano invisible; o con Weber, a través de una constelación de intereses. Para que los conflictos políticos logren funcionar como un mecanismo de este tipo se requiere un marco legal compartido y un sistema institucional que garantice la justicia en las interacciones en sociedad. El conflicto político, además, y a manera de praxis, es la realización del principio de equidad como corrección de la justicia legal positiva (Serrano G., 2004).

***

Se ha expuesto en este breve ensayo las ideas centrales de la filosofía de la historia de Kant. Se partió de entender cuál podría haber sido su motivación para abordar el tema en el contexto de su época y cómo se alejó del optimismo de la ilustración a pesar de ser un defensor de ella. Luego se narró su búsqueda del hilo conductor de la historia, y se explicó como su explicación teleológica de la misma está en armonía con su sistema filosófico general. Se describió la concepción del fin final de la historia, del sumo bien, y como se pone en tensión la naturaleza empírica del hombre y su capacidad de libertad basada en la ley moral. Finalmente se mostró que la demanda moral que impulsa al hombre a la construcción de una sociedad civil justa tiene su manifestación contingente en la praxis política, y se concluyó que la filosofía de la historia de Kant muestra la primacía de la historia política.

Para estar en condición de concluir este ensayo, sin embargo, es menester cuestionarnos cuál es la validez y vigencia actual de estas ideas a las que nos hemos remontado. Se inició este texto con la afirmación de que los contenidos e Kant respecto a la historia ocupan una proporción más bien pequeña dentro del amplio espacio de su bibliografía. La cuestión es si vale la pena adentrarse en ese tema, en principio angosto, sabiendo que ha sido uno de las dimensiones de Kant menos estudiadas. A la luz de lo que hemos mostrado, considero que se puede afirmar que el esfuerzo en entender la filosofía de la historia de Kant ha sido, y será, sumamente fructífero en tanto su vigencia tiene implicaciones prácticas en el contexto social y político del mundo actual.

La sociedad globalizada de esta segunda década del siglo XXI es de una complejidad que seguro ni aún el intelecto premonitorio de Kant podría haber anticipado. Crisis económicas, ambientales y sociales azotan todos los rincones del globo, y sus repercusiones parecen ser cada vez peores.  ¿Con qué ojos observaría Kant las cifras de inequidad que muestran como un 1% de los individuos del mundo concentra el 50% de la riqueza?[2] ¿Y las predicciones del aumento de la temperatura de la tierra que harán insostenible la vida de numerosas especies en pocas décadas?¿Y las condiciones de libertad limitada que perduran en no pocos estados modernos, tan alejados de su ideal republicano?¿Y la crisis de participación ciudadana que pone de manifiesto que hoy política por muy poco no es sinónimo de corrupción e interés privado? ¿Y la tendencia al nacionalismo xenófobo proteccionista que hace parecer una utopía de ciencia ficción galáctica aquella soñada Federación de Estados, esa Alianza universal de la humanidad? Seguramente, y tal como el mismo lo escribió, voltearía la mirada con indisimulada repugnancia. Habría que preguntarse dónde quedo el hilo conductor, aquella plena confianza en la realización de un reino de los fines, esa certeza práctica de que el actuar moral del hombre efectivamente contribuye hacia la construcción de ese estado del mundo donde se realizan en forma plena las capacidades del hombre de acuerdo a sus disposiciones naturales. No sería irrazonable apostar que Kant estaría desilusionado y que tal vez cuestionaría por un momento su optimismo, que de menos decir de aquellos que veían la Ilustración como una certeza ya casi realizada.

Pienso que el que el filósofo alemán respondería ante tan desesperanzador panorama en dos pasos. El primero sería repasar la historia (desde que el dejó de formar parte de ella para pasar a inspirarla) para encontrar aquellos indicios de momentánea clarividencia humana en los que hayan dado pasos sin retorno hacia el progreso. Olvidemos por un momento las catástrofes bélicas, y enfoquémonos en los signos de esperanza. Seguramente Kant encontraría que los organismos de cooperación internacional son un alentador acercamiento a las instituciones supraestatales de la Federación de Estados y que la declaración universal de derechos humanos es una manifestación contundente de los fundamentos constitutivos de la libertad humana en su inagotable expansión. Muy probablemente se emocionaría, desde lejos (pues no participaría en ninguna manifestación contra el poder constituido), con los reclamos globales por la defensa de los derechos ciudadanos de las minorías sociales. No es necesario poner más ejemplo, pues creo que el punto queda claro: hay indicios de que puede tenerse fe en la humanidad.

El segundo paso será el fundamental, el que define todo y el que constituye el mensaje atemporal de Kant. No tenemos, en absoluto, la certeza empírica (a diferencia de lo que proponía el marxismo) de que la humanidad tienda inexorablemente a un orden específico,  en este caso a la ordenación jurídica intra, inter y supraestatal que asegure la plenitud de condiciones para el pleno desarrollo del hombre. Lo que tenemos es un deber, una tarea ineludible por construir ese futuro. La fe en que el hombre alcanzará el fin máximo de la humanidad, es la fe en la capacidad moral del hombre de enrumbarse a voluntad, y a pesar de su humanidad, hacia él.  El hombre, ser social, es en tanto es con los otros, porque lo que la tarea que se nos presenta es una tarea en primera y tercera persona. “Es necesaria una asociación explícita de los individuos para el bien moral. “Si la corrupción moral estaba asentada en el tejido mismo de las relaciones sociales entre los hombres, solamente podrá ser superada en ese mismo tejido. Si el estar juntos simplemente corrompe a los hombres, éstos sólo podrán salir de esa corrupción si lo intentan también juntos” (Menéndez, 1989, pág. 232).

La brecha entre el deber ser y el ser es infranqueable, y esa enormidad que los distancia surge de la enormidad de la libertad humana. La acción política del hombre es precisamente el intento de acortar esa brecha y es se convierte obligación siempre que se tenga por cierto que el hombre está en la obligación moral de construir la constitución civil más perfecta posible. “La historia filosófica tiene su sentido primero desde la exigencia incondicionada de la libertad, implicando por tanto, una visión del mundo bajo la primacía de la ley moral” (Torrevejano, 1989, pág. 281).

Si Kant suele ser reconocido como el filósofo del deber, concluyo que el análisis de su filosofía de la historia lo confirma en términos categóricos. Es deber del hombre, como individuo y como comunidad, y guiado por la incondicionalidad de la ley moral, el construir a través de la acción política una sociedad global de plena justicia donde, bajo el marco de la ley y de las instituciones, se asegurar que pueda desarrollarse todas la potencial humana.  Sólo en el cumplimiento de ese deber se alberga la esperanza del cumplimiento de la utopía de la paz perpetua, a la que nos acercaremos como se acerca infinitamente una asíntota a la hipérbola sin tocarla, pero sin dejar de acercarse.

Bibliografía

Kant, I. (1784). Ideas para una historia universal en clave cosmopolita. En R. Aramayo, Ideas para una historia universal en clave cosmopolita y otros escritos sobre filosofía de la historia (págs. 18-25). Madrid: Tecnos.

Kant, I. (1831). Menschenkunde oder philosophische Anthropologie. Leipzig.

Kant, I. (1970). Idea for a Universal History with a Cosmopolitan Purpose. En H. S. Reiss (Ed.), Kant Political Writings (H. B. Nisbet, Trad., págs. 41-53). Cambridge: Cambridge University Press.

Kant, I. (1998). Sobre la paz perpetua. Madrid: Tecnos.

Landgrebe, L. (1975). Historía en el pensamiento de Kant. En Fenomenología e historia (págs. 53-74). Caracas: Monte Avila Editores.

Menéndez, E. (1989). Ilustración y Conflicto en la historia de Kant. En J. Muguerza, & R. A. Rodriguez, Kant después de Kant (págs. 221-233). Madrid: Tecnos.

Rauscher, F. (2016). Kant’s Social and Political Philosophy. (E. N. Zalta, Ed.) The Stanford Encyclopedia of Philosophy. Obtenido de https://plato.stanford.edu/archives/fall2016/entries/kant-social-political/

Rodríguez A., R. (1994). Ideas para una historia universal en clave cosmopolita y otros escritos sobre filosofía de la historia (2 ed.). Madrid: Tecnos.

Serrano G., E. (2004). La Insociable Sociabilidad. Barcelona: Anthropos.

Torrevejano, M. (1989). Libertad e Historia. En J. Muguerza, & R. A. Rodriguez, Kant después de Kant (págs. 265-284). Madrid: Tecnos.

Walsh, W. H. (1978). Introducción a la Filosofía de la Historia. Mexico: Siglo XXI.

[1] Recopilación de Starke

[2] Credit Suisse Global Wealth Databook 2016. https://www.credit-suisse.com/ch/en/about-us/research/research-institute/publications.html

Leave a comment

Design a site like this with WordPress.com
Get started