Ante el horror de acontecimientos de la historia del hombre, como el Holocausto judío, cabe preguntarse si para los sobrevivientes vale la pena revivir los recuerdos funestos: revisitar en la memoria esa línea de tren de la muerte que se abría paso por el portón del campo de concentración hasta la esa granja llena de galpones llenos de humanos despojados de su humanidad, volver a caminar los claustros, los pasillos, las letrinas comunes, sentir nuevamente el frío congelante del invierno mientras se picaban piedras o construían más hangares de muerte. Podríamos cuestionarnos, como lo hace Tzvetan Todorov, si no es en vano tal ejercicio y resulta siendo la inmortalización del dolor. Él concluye que supresión y conversación son partes integrales del proceso de la memoria, y que el ejercicio será válido en tanto permita extraer enseñanzas generales que empoderen al hombre a evitar desgracias similares en potenciales ocasiones análogas. Considero que, solo desde un acercamiento teórico al tema de la memoria no basta, que hay que escuchar a la víctima y determinar si, en general, es fructífero rememorar.
En 2013 quise conocer de cerca los restos físicos de la matanza. Auschwitz ha quedado en mi memoria con gran claridad. Es una experiencia estremecedora visitar el campo, ver galpones, pasillo, rejas, rieles, las pertenencias despojadas a los prisioneros, los cuartos diminutos de detención donde había que permanecer en pie, las seudo camas de paja donde entraban siete y abrigaban sus cuerpos desnutridos con los cuerpos desnutridos del resto en invierno. Sin embargo, sentía que aún no entendía la magnitud de la experiencia. Faltaba entrar a la mente de una víctima, de un sobreviviente, y leer sus pensamientos, ver a través de sus ojos.
Victor Emil Frankl, psiquiatra austríaco, sobrevivió a la reclusión en el campo de concentración y fundó la logoterapia, una vertiente de la terapia psicológica que se funda en la voluntad de sentido, a raíz de su experiencia. Su libro El hombre en busca de sentido es un relato terrible de la vida de un prisionero, contada con el matiz analítico de quien sufrió la condenada del holocausto y la interpreto desde la psicología humana. El relato se divide en tres partes secuenciales: el internamiento en el campo, la vida en el campo y después de la liberación.
En la primera parte Frankl describe el proceso desde el que los prisioneros son obligados a subir hacinados y sin espacio para sentarse, a un tren sin destino cierto. Han hecho todo lo posible para evitar ser subidos al vagón: “Un solo pensamiento animaba a los prisioneros: mantenerse con vida para volver con la familia que los esperaba en casa y salvar a sus amigos; por consiguiente, no dudaban ni un momento en arreglar las cosas para que otro prisionero, otro “número” ocupara su puesto en la expedición” (Frankl, 1946). El viaje es una pesadilla en mismo. Puede durar días, no hay baños, ni ventanas, solo un espacio para que entre el aire. El frio y el cansancio destruyen la resistencia, pero lo hace más la incertidumbre. ¿Serán llevados a una fábrica de municiones para trabajos forzados? Los niños no entienden y algunos adultos han oído rumores sobre los campos, las cámaras de gas, los hornos crematorios, las matanzas a discreción. No lo saben a ciencia cierta, pero el temor empieza a acongojar sus corazones. Algunos ya han sido separados de sus familiares. Tratan de calmar a sus niños, tratan de calmarse a sí mismos. Hasta que ven por la ventanita del vagón el humo mensajero del infierno: han llegado al campo.
La “solución final a la cuestión judía” fue el proyecto principal del tercer Reich, y como tal, se diseñó como un proceso ingenieril eficaz y eficiente. Eficaz, en tanto cumpliera el objetivo: eliminar a los judíos, deshumanizándolos en el proceso hasta el punto en que no desearán vivir. Eficiente, en tanto debía ahorrar recursos y aprovechar la energía restante de los prisioneros para trabajar.
Bajan los prisioneros, y empieza el tratamiento la separación. Las mujeres, niños y ancianos separados de los hombres. Separados todos de sus últimas pertenencias, las más preciadas, esas que les dijeron que podían llevar como para mantener la esperanza de que les esperaba alguna posibilidad de nueva vida. Separados de sus ropas y de sus cabellos, de toda diferencia o identidad. Y paulatinamente, durante los pocos días o semanas que les quedan por vivir, separados de su humanidad y del deseo mismo de subsistir.
En la segunda parte, Frankl describe la vida en el campo. Sus observaciones concluyen en que el sentimiento generalizado es la apatía: se ha erosionado tanto su sensibilidad tras la exposición ilimitada a vejámenes de escala insoportable que su capacidad de sentir ha perdido toda fertilidad, ya no hay terreno para emoción alguna. Este adormecimiento surge como mecanismo de defensa ante la injusticia, el agravio, la crueldad.
Los sentimientos puede apagarse, pero las sensaciones físicas básicas no. El hambre es omnipresente, el pensamiento constate, la necesidad única. Un pan y una sopa al día para los que aún están en capacidad de trabajar, hasta absorber la última gota de su energía física, pues la emocional ya está casi vacía. De hecho, son los que logran conseguir algún trabajo cerca de la cocina los que más chances tienen de sobrevivir, al menos unas semanas más. Ante el hambre como el imperativo diario, no queda lugar para el deseo sexual, ni aún en la imaginación o el sueño. Hay una especie de simplismo zen en esta desgracia: todo aquello que no contribuya en la conversación de la vida, es descartado.
Algunos logran sobrevivir más tiempo. Aun considerando que morir hoy o mañana es simplemente un ejercicio de probabilidad y tiempo, hay ciertas prácticas que permiten a los prisioneros soportar un poco más. Así, dentro de todo, hay quienes encuentran espacios para recurrir a la espiritualidad: rezan, se pierden en imágenes reconfortantes de su pasado, reviven el amor que aún sienten y sintieron por sus familiares y amigos, a pesar de que estos ya estuvieran muertos. Dice Frankl: “El amor trasciende la persona física del ser amado y encuentra su significado más profundo en su propio espíritu, en su yo íntimo” (Frankl, 1946).
En el campo, cuenta el sobreviviente, hay espacio para mantener la humanidad: regocijándose brevemente con un atardecer, que permite ignorar por un segundo el hambre, el frío y el dolor; recurrir en instantes fugaces al sentido del humor; eliminar algo del sufrimiento del otro, quitándole los piojos que se le han pegado. Y tal vez la actividad más humana, practicada por la que más paz habían encontrado y que más paz encontraban entre más lo hacían: ir de galpón en galpón, de cuarto en cuarto, consolando a los más deprimidos, transmitiéndoles la clave de la supervivencia, la lección más importante de todo el dolor, y la piedra sobre la cuál Victor Frankl funda su visión de la psicología: la capacidad última, la libertad final, de decidir cómo reaccionar ante la vida. En sus palabras: “A un hombre le pueden robar todo, menos una cosa, la última de las libertades del ser humano, la elección de su propia actitud ante cualquier tipo de circunstancias, la elección del propio camino. (Frankl, 1946)”. El mismo Frankl cuenta que lo que lo mantuvo vivo fue imaginarse a sí mismo volviendo a dar clases de psicología, pero no como las que daba antes, sino transformadas por la experiencia en carne propia del holocausto. Es decir, lo mantuvo vivo su capacidad de darle un sentido a la calamidad.
En la última parte, expone cómo es la vida luego de, contra toda probabilidad, ser liberado. Podría uno imaginarse, que la reacción ante la liberación sería la de pura euforia. Pero hay que recordar que el prisionero ha tenido, por fuerza, que apagar y aletargar toda su capacidad emocional, para evitar sufrir el dolor en toda su dimensión. Por ello, se recibe la súbita libertad con confusión, como despertando sin despertar completamente de una pesadilla demasiado nítida. El mundo abierto, las puertas de la prisión derrumbadas abren la vida ante quienes estaban convencidos que la habían perdido. Se requiere de paciencia para volver a aprender a vivir, sobre todo en un mundo que ya no conocen y en el que ya no viven aquellos que le daban sentido a su vida.
Hay dolor, frustración y cólera, cuando al contar su relato a los de afuera, no encuentran el nivel de empatía e indignación que esperarían: nunca tendría la oportunidad de experimentar el sentimiento del agravio ajusticiado, y vivir sin justicia es puede ser una vida de perpetuo dolor. Lo que permite volver a nacer y enfrentar la vida es la sensación última de que luego de tanto dolor, no habría nada que pudiera pasarles que fuera pero: “Tampoco estábamos preparados para la experiencia muy difícil de sobrellevar. Pero también llegó el día en que la experiencia en el campo pudo ser vivida como una pesadilla. La experiencia final para el hombre que vuelve a su hogar es la maravillosa sensación de que, después de todo lo que ha sufrido, ya no hay nada a lo que tenga que temer, excepto a su dios. (Frankl, 1946)”
Todorov dice que recordar y olvidar son parte del ejercicio de la memoria, y que la memoria es justicia cuando sirve para ejemplificar y aprender para el presente y el futuro. Argumente al iniciar que solo profundizando en la experiencia en primera persona de un superviviente podría juzgarse si Todorov no está pecando de pensamiento puramente formal abstraído de la realidad. Pero Victor Frankl nos confirma que Todorov puede estar en lo cierto: el ejercicio de recordar puede servir para buscar el bien, para perfeccionar el presente, y parafraseando a Frankl, para darle un sentido a la vida y a la historia.
Frankl, V. (1946). El hombre en busca de sentido. Barcelona: Herder.
Todorov, Tzvetan (2000). Los Abusos de la Memoria . Barcelona: Paidós.